Casares – 2026

10 de Abril, Casares nos reúne.

…de muchos caminos… un
solo abrazo

Introducción
Hay lugares que no solo se visitan, se sienten.
Casares es uno de ellos.
Enclavado entre la sierra y el horizonte del Mediterráneo, este pueblo blanco ha sido durante siglos
punto de encuentro de caminos, culturas e historias.
Hoy, quienes llegamos desde lugares distintos volvemos a encontrarnos aquí para compartir una
jornada que es mucho más que una visita: es un reencuentro.
Porque a veces muchos caminos distintos terminan en el mismo lugar…
y allí nos espera un solo abrazo.
Casares nos reúne.

Programa. (Punto de encuentro y visitas)


11:00 – Plaza Marcelino Camacho
Recepción de visitantes y bienvenida al entorno paisajístico y natural en el que se sitúa Casares, con
vistas panorámicas al casco histórico.

El balcón natural desde el que comienza el encuentro

Convento de los Hermanos Menores Capuchinos
Visita a uno de los espacios patrimoniales más singulares del municipio.

Un lugar donde el silencio también cuenta historias.

Plaza de España – Fuente de Carlos III
Centro neurálgico de la vida social de Casares.

El corazón del pueblo.

Calle Villa y Miradores
Uno de los recorridos más emblemáticos del entramado urbano tradicional.

Las calles blancas que miran al horizonte

Centro Cultural Blas Infante
Espacio cultural dedicado a la memoria y difusión del pensamiento andalucista.

Un espacio para la memoria y la cultura

Descenso por Calle Arrabal
Recorrido por una de las calles con mayor carácter del casco histórico

Una puerta abierta a la historia.

12:45 – Casa Natal de Blas Infante
La Casa Natal de Blas Infante es uno de los lugares más simbólicos de Casares. Aquí nació en 1885
quien sería reconocido como el Padre de la Patria Andaluza.

Aquí nació la voz que soñó una Andalucía consciente de sí misma.

13:15 – Salón de Plenos del Ayuntamiento de Casares
Recepción institucional a cargo del alcalde de Casares, durante la cual se le hará entrega del libro conmemorativo de nuestro 50 Aniversario.

14:30 – Almuerzo en Restaurante Andares
Momento de convivencia para compartir la experiencia de la jornada.
Sabores locales

Discurso de Bienvenida por el compañero Santi

Buenas tardes a todos

¡Qué alegría tan honda! Tan difícil de explicar, vernos hoy aquí, en  Casares, con más años, con más arrugas, con más historias  encima… 

Pero con la misma emoción temblando por dentro que aquellos  muchachos que un día cruzaron la puerta del colegio Las Delicias  con una maleta pequeña, un miedo grande y una vida entera por  estrenar. 

Hoy no hemos venido solo a reunirnos. Hoy hemos venido a hacer  algo mucho más importante: 

Hemos venido a encontrarnos con quienes fuimos. Y eso no ocurre  todos los días. 

Hoy, al mirarnos, nos vemos solamente a hombres hechos y  derechos, con hijos, nietos, trabajos, jubilaciones, cansancios y  alegrías. 

Si afinamos el alma, todavía podemos ver al muchacho que llevaba  los libros bajo el brazo, al que inquieto acudía al examen con  titubeos en la memoria porque una niña de las Esclavas le había  sonreído tras el cristal del autobús y se le había olvidado todo,  menos los versos de Bécquer. 

Por una mirada, un mundo; 

Por una sonrisa, un cielo;

Por un beso¡Yo no sé que 

Te diera por un beso” 

En estos menesteres andaba uno porque he de reconocer con  humildad que no fui precisamente un lumbreras en las asignaturas  de ciencias, en letras me defendía mejor, pero en Físicaen  Física, queridos amigos, don Pedro Borrego me doctoró en  recuperaciones. 

Nos ponían aquellos problemas: “Sale un tren de Sevilla a tal hora y otro de Zaragoza a tal otra…” y mientras Miramón y Sebastián  Pavón hacían llegar aquellos trenes puntualmente a su destino, el  mío seguía perdido por Despeñaperros, sin señales de vida y sin  intención ninguna de llegar 

Pero mira tú por donde, donde no llegaban los trenes… si llegaban  a veces las palabras. Y ahí tengo que recordar con un cariño muy  especial a Sor Carmen León Vizmano, que para mí fue una  presencia importantísima en aquellos años. Me daba Filosofía, se  reía mucho conmigo y yo con ella, y tuvo la generosidad de mirar en mi algo que quizá yo todavía no sabía ver porque si en Física no  llegaba, en Filosofía, milagrosamente, saqué el único sobresaliente  de mi carrera escolar… y aquello para uno que andaba siempre  peleado con los trenes, ya era casi una aparición mariana. 

Recuerdo además que me hizo preparar y exponer oralmente un  trabajo sobre “personalidad y Personalismo” de Emmanuel Mounier  y para mí aquello fue importante no solo por la nota, sino porque fue una de esas veces en las que alguien te pone delante de ti mismo y  te dice, sin decirlo. 

 “Por aquí también puedes caminar” 

Y si algo nos dio este colegio, además del recuerdo de profesores  que dejaron huella, fue la amistad verdadera. 

Y ahí tengo que nombrar, con cariño del bueno, a mi gran amigo  José Miramón. Con el compartí muchas cosas que no venían en los libros que al final fueron más importantes que muchas lecciones. Yo iba a su casa, a Arriate, y allí estaba aquel hogar suyo, con Pepita,  su madre, la matrona del pueblo, y aquella familia entrañable con la  panadería siempre latiendo al fondo y aquellas noches, ya acostados, escuchando el rumor de los motores del horno, como si  el pan tuviera corazón y respirara mientras el pueblo dormía. 

El también vino a Casares y se quedó en mi casa, compartíamos  confidencias, los primeros sobresaltos del corazón, los primeros  amores que entonces parecían eternos, aunque apenas cupieran en una fotografía pequeña y es una conversación susurrada. 

Además de compartir ilusiones, Miramón tenía la santa paciencia de explicarme una y otra vez el problema de los trenes… aunque el  mío, insisto, seguía siendo un tren con vocación de extravío. 

Pero si algo tenía Las Delicias además, de clases, estudios,  preparación de exámenes, era que nos enseñaba a vivir por dentro,  muchos descubrimos allí vuestras inclinaciones, nuestras pequeñas vocaciones, nuestras maneras de sentir. Algunos nos sentíamos  más cercano al teatro, la música, la palabra dicha en voz alta, la  emoción compartida, por eso guardamos un recuerdo precioso del  coro con José L. Palacios, donde algunos aprendimos que hay  cosas que se dicen mejor cantando que hablando. Y cómo no  recordar también aquellos cinefórums del colegio, que eran algo  más que ver una película: era una ventana abierta a otras  preguntas, a otras miradas, a ese despertar interior que, a veces,  empieza en una pantalla, en una conversación después, en una  idea que se te queda dando vueltas durante días. 

Y en esa misma línea de ilusión, de juventud y de ganas de hacer  cosas, también fue muy bonito todo lo vivido en el movimiento  Junior, aquello que compartimos con las niñas de las Esclavas con  la implicación de Abelardo Muñoz, de la hermana Carmen León y el  cura José M. Ramos Villalobos, y de tantas personas que pusieron  en aquello, entusiasmo, cercanía y fe en la juventud. 

Aquello tenía algo limpio, algo ingenuo y verdadero, esa forma tan  hermosa que tenía nuestra generación de vivir la amistad, la fe, la  convivencia y el despertar de la vida con una mezcla de pudor,  entusiasmo y torpeza encantadora. 

Porque si algo teníamos entonces era eso: mucha ilusión… y muy  poca experiencia ¡Bendita mezcla! 

También estaban, claro, las cosas pequeñas que ahora parecen  casi sagradas: 

Las cartas… aquellas cartas que llegaban con letra conocida, con  noticias de casa, con alguna peseta escondida entre los pliegues,  con el olor mismo del hogar pegado al papel… y la entrega de las  notas, con ese poder misterioso de convertir a un muchacho alegre en un filósofo triste en cuestión de segundos. 

Y, sin embargo, hoy lo miramos con ternura. Porque entonces no lo  sabíamos, pero también en esos nervios, en esos pequeños  miedos, nos estábamos haciendo por dentro. 

Y luego estaban las excursiones, que para nosotros eran como salir al extranjero. Cómo olvidar aquella excursión al pantano del chorro,  con nuestro inolvidable profesor de Ciencias Naturales, D. José  Medina. Excursión inolvidable, entre otras cosas porque por poco  me ahogo. Quise presumir de ejercicio de natación artística, al  comprobar que compañeros como Galache, Báez Olmedo, los  fuertes del grupo atravesaban con una naturalidad impactante la  corriente, ahí voy yo, que podía presumir de abrazar el potro cada  vez que el Paliza nos hacía saltarlo y con esa escasez de destreza,  la corriente me arrastró y gracias a Ramón Merino que me pudo  sacar, podré comer hoy tagarninas con vosotros. 

Así eran aquellos años: unos días de estudio, otros de miedo, otros  de risa, otros de descubrir el mundo… y algunos, incluso, de tener  la suerte de que te reconocieran una ilusión. Así recuerdo con  especial cariño haber ganado el premio a la mejor letra musical en  el festival de la canción que hicimos. “Nubes de verano”, letra  profunda que si la pilla George Dam la pone delante del chiringuito. 

Se contaba con voces fenómenos: Colunga ganó aquel festival.  José L. Jiménez Ortega cantaba en inglés el Let i Be de Los  Beatles, mi paisano Manolo Pineda cantaba como nadie “Están  clavados dos cruces, y Cosme y yo, el Ama Begira Zazu y alguna  que otra vez, trozos del maestro “Canillas” Zarzuela que traíamos  aprendida del Seminario. 

El premio a Nubes de verano fue un LP de Los Indios Tabajaras que me acompañó durante mucho tiempo… los indios no, el LP. 

Ese tipo de detalles, aparentemente pequeños, uno los guarda  luego como tesoros. Porque a cierta edad comprende que la vida no se sostiene solo en los grandes acontecimientos sino también en  esos regalos humildes que te dicen, sin hacer ruido:

“Tú también vales para algo…” 

Y en medio de todo aquello, también quiero recordar, con cariño a  Isabel, nuestra paisana, madre de Publio y Leo, que estaba al frente de servicios en el colegio. Para los que veníamos de Casares, su  presencia era un pequeño alivio, una especie de consulado  emocional dentro del internado. Ver una cara cercana, una vez  conocida, un acento nuestro, era como abrir una ventanita del  pueblo en medio de la distancia. 

Y eso también era importante, porque, aunque entonces  disimuláramos mucho, la verdad es que todos, de una forma u otra,  echábamos de menos nuestra casa. 

Por eso este encuentro de hoy tiene tanto valor, porque no estamos aquí solo para recordar profesores, pasillos o asignaturas. Estamos  aquí para honrar una etapa decisiva de nuestra vida, en la que  aprendimos, sí, matemáticas, lengua, historia o ciencias, pero sobre todo aprendimos cosas que no venían en ningún libro: a convivir, a  compartir, a caer bien o mal, a echar de menos, a levantarnos, a  descubrir quienes éramos y quien queríamos llegar a ser. 

Aquel colegio fue, para muchos de nosotros, una segunda casa y  quienes hoy estamos aquí sabemos bien que el tiempo podrá  cambiar la cara de los edificios, podrá borrar horarios, nombres de  asignaturas o detalles de la rutina… pero no podrá borrar nunca: 

 LA HUELLA HUMANA DE LO VIVIDO. 

Hay lugares donde uno no envejece del todo y uno de esos lugares, para nosotros, es Las Delicias.  

Hoy nos reencontramos no solo con antiguos compañeros, sino con una parte limpia, inocente y valiente de nosotros mismos. Con aquel muchacho que creía que el mundo estaba por hacerse. Y bien  mirado, quizá todavía lo esté. 

Así que, gracias a todos, a los que nos enseñaron, nos corrigieron,  nos aguantaron y nos orientaron, a ti Jeronimo que siempre nos  trataste con cariño y nos regañaste sin estruendos.  

Gracias a los compañeros de entonces, del Instituto, del Patronato,  de Salesianos del Castillo.

Y a los amigos que siguen siendo familia del alma. Y gracias, sobre  todo, por seguir estando aquí, con memoria, con emoción y con  ganas de volver a decirnos, después de tantos años: 

 “AQUÍ ESTAMOS, SEGUIMOS SIENDO NOSOTROS”.

S.R.V.

Relato de la visita

A las nueve y treinta de la mañana, cuando el pueblo todavía se desperezaba con ese  silencio limpio de las primeras horas, ya estábamos en marcha. Cosme, Pineda y yo  habíamos quedado con Manolo García y Anía, Miguel López y Marisol, que traían en la  mirada el poso de haber llegado el día anterior, como quien no quiere perderse ni el  primer latido del reencuentro. 

El lugar elegido no podía ser otro: El bar Plaza. Allí, entre molletes abiertos con  generosidad, aceite que brillaba como un pequeño lujo cotidiano, algún tomate  restregado y cafés humeantes, empezó realmente el día. 

Sobre las diez y media, el pueblo empezó a llenarse de nombres conocidos. Fueron llegando los compañeros, poco a poco, como piezas de un recuerdo que vuelve a  armarse. Nos habíamos organizado con dos puntos de llegada: El parking A, en la  plaza Marcelino Camacho, y el parking B, en el paseo de la carrera.  

La Carretera de entrada, debido a las inundaciones estaba cortada y eso trajo consigo  algunas confusiones. Nada importante. 

Algún que otro despiste y coches que acababan donde no tocaba y compañeros que  se mezclaban entre un grupo y otro…pero lejos de ser un problema, aquello tuvo algo  de símbolo: al final daba igual el parking al que llegáramos, todos veníamos al mismo  sitio, a reconocernos en lo que fuimos y en lo que aún somos. 

Sobre las once y media comenzamos las visitas. El plan, como casi todo aquel día,  tenía algo de orden… y mucho de vida. 

El grupo A puso rumbo al antiguo convento de Capuchinos Menores. Allí nos esperaba  nuestro buen amigo, Javier Martos, que no solo guiaba la visita, sino que la iba hilando  con ese cariño de quien no enseña un lugar, sino que lo comparte. 

Mientras tantos, el grupo B se adentraba en la casa natal Blas Infante, donde María  Jesús Pineda fue poniendo palabras a la memoria. 

Sobre las doce, la plaza de España nos esperaba abierta, con la fuente de Carlos III  como testigo sereno de aquel reencuentro. 

Allí ya no había grupos ni recorridos distintos solo abrazos. De esos que llegan con  risa, con sorpresa, con alegría compartida. 

La mañana fue avanzando y con ella, llegó uno de esos momentos en los que el  cuerpo pone sus propias condiciones. La subida desde a plaza hasta el castillo, con  sus cuestas antiguas y su pulso de piedra, no era empresa fácil para todos. 

Así que, con la naturalidad que da la confianza, algunos compañeros decidieron  quedarse en la plaza, al abrigo de una mesa, compartiendo conversación y algo de  beber, mientras el resto emprendía la subida. Asomados a los miradores, iban dejando  que la vista se perdiera entre las casas blancas y el horizonte abierto, hasta llegar al  castillo, esa fortaleza antigua que sigue vigilando el tiempo desde lo alto. Casares,  desde allí, se ofrecía entero. Africa, se intuía al fondo. 

La visita continuo hacía la antigua iglesia de la Encarnación, mezquita en otro tiempo y  que hoy, convertida en el Centro Cultural Blas Infante, guarda en sus muros este  mestizaje de historia que define tantos rincones de nuestro sur.

El recorrido pasó también por los arcos del Arrabal y de la Villa, viejas puertas de la  fortaleza que aún parecen abrirse en el tiempo. 

Al regresar, ya de nuevo hacía la plaza, se produjo ese intercambio natural que había  quedado pendiente: Los grupos cambiaron destinos. El grupo A puso rumbo a la casa  natal de Blas Infante mientras que el grupo B se dirigía al convento, completando así  el recorrido compartido. 

Y así, entre idas y venidas, entre pasos más lentos y miradas detenidas, la mañana  fue tejiéndose sin prisa, como las cosas que merecen quedarse. 

Llegó el momento de reunirnos en el salón de plenos. Nos recibieron el alcalde, Juan  Luís Villalón, junto a los concejales Ana Umbría y Alejandro García, que supieron darle  al acto cercanía sin perder la importancia del momento. 

Tomé la palabra, con ese nudo leve que siempre traen los recuerdos verdaderos, y fui  desgranando anécdotas, nombres de profesores que aún resuenan con respeto y  cariño, y esa certeza de que reencontrarnos no era solo un gesto, sino casi una  necesidad, porque hay tiempos que no se van del todo… se quedan esperando a que  uno vuelva a nombrarlos. 

Después habló el alcalde Juan Luís, poniendo palabras a algo que muchos sentíamos  sin haberlo dicho: que aquella reunión no era una más, pertenecíamos a una  generación que abrió caminos a los primeros universitarios de una España que  empezaba a despertar a la democracia. Y que, más allá de los logros individuales, lo  realmente valioso era haber llegado hasta allí conservando el hilo de la amistad. 

Nuestro presidente, Rafael Acevedo, recogió ese testigo, realmente emocionado. Con  chuleta en mano, que no le sirvió de nada, agradeció el esfuerzo de todos, nos recordó  momentos emotivos de estos encuentra y entregó junto al presidente de honor,  nuestro querido Jerónimo Cabeza, el libro, buque insignia de nuestro transitar por esos  años colegiales. ¿TE ACUERDAS? 50 AÑOS DE NUESTRO COLEGIO, al alcalde de  Casares, parte de nuestra historia quedará para siempre en la Biblioteca del pueblo. 

Nuestro compañero y amigo José Miramón intervino al final, como derecho a réplica  por las palabras que le había dirigido en mi saludo. Hizo hincapié en la importancia de  nuestra generación como primeros universitarios de la democracia. Describió las  características humanas de los casareños allí presentes: José Marín Ruiz, Manuel  Pineda Lazo, Cosme Quiros Pascual y mi persona, durante aquellos años colegiales.  Agradecí profundamente sus palabras hacía todos nosotros. 

Hubo también tiempo para la sorpresa y la ternura: algunos videos-pocos para lo que  hubiésemos querido de profesores y educadores, que quisieron hacerse presente de  esta manera. 

Para finalizar, el ayuntamiento nos hizo un regalo personal, que todos agradecimos. 

Llegamos a Andares con el hambre ya si disimulo con ese cosquilleo alegre que traen  los momentos vividos. Eran más de las tres, y el cuerpo pedía mesa, pero antes nos  concedimos el rito sagrado de las barras unas cervezas frescas, un jamón que  hablaba por si solo y un queso de esos que obligan al silencio breve, como sí hubiera  que escucharlo. 

Luego pasamos a los salones, repartidos porque éramos muchos y el cielo no quiso  regalarnos la terraza que habríamos elegido sin pensarlo.

Pero daba igual; cuando la compañía es buena, cualquier techo se vuelve cielo. 

Y empezaron a llegar los platos, unos tras otros, la ensaladilla suave, el revuelto con  su aroma a campo y esa morcilla de chivo con tomate, esperada y celebrada, que se  ganó los aplausos sin hacer ruido. 

Después, ya en el compás más reposado del almuerzo, aparecieron las carrilladas, los  bacalaos y la reina del ágape: Las tagarninas con su pringá, llevando en cada bocado  un eco de cocina antigua, de verdad, de la que no necesita explicarse. Y Los postres,  dulces finales: tarta de lima y queso que pusieron el broche amable a una mesa  compartida sin prisas. 

Todo corrió entre cervezas, vino y conversaciones que iban y venían, como olas  mansas, dejando en cada uno la sensación de estar justo donde había que estar. 

Y así, dieron las seis. Se cerró el almuerzo, pero no el encuentro, porque lo vivido, la  risa, el recuerdo, el abrazo, se quedó flotando en el aire, como esas cosas que no  terminan cuando acaban, sino que empiezan a quedarse dentro para siempre. 

S.R.V.

Imágenes para el recuerdo

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Juan Luis Villalon Ortega

Hoy Casares ha sido punto de encuentro de algo muy valioso: la memoria compartida.

He tenido el placer de recibir en salones de plenos a los antiguos alumnos del colegio Las Delicias de Ronda, que han vuelto a reunirse muchos años después para recordar, reír y reencontrarse.

Entre ellos, también caras muy queridas de nuestro pueblo como Santiago Ruiz, impulsor de esta iniciativa, Cosme, Manuel Pineda, Lourdes o Marcos Vázquez, que han contribuido a hacer aún más especial esta jornada.

Momentos como este nos recuerdan que los pueblos no solo se construyen con calles y edificios, sino con las historias de quienes los viven y los sienten y lo hacemos precisamente de la mano de una generación que nos dejan gran legado, enseñanzas y sobre todo conquistas de muchos derechos de los que disfrutamos hoy. Son parte de esa generación que vivieron el final de la dictadura con el inicio de la democracia.

Gracias por elegir Casares para este reencuentro y por ese libro que ya forma parte de nuestra biblioteca municipal.

Y gracias a ti, Santi, por sembrar este reencuentro… hoy habéis recogido recuerdos que valen toda una vida.

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Santiago Ruiz Vicente

Gracias a ti Juanlu que nos has brindado desde el primer momento toda la ayuda necesaria para la realización de este evento. La memoria es parte fundamental de los sentimientos que nos permiten construir desde el respeto y la verdad. Nos hemos sentido muy apoyados por vosotros y en nombre de todos los que hemos compartido este dia…mil gracias

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Videos

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Eso es todo, hasta la próxima compañeros.

Un comentario en “Casares – 2026”

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